La vida es un sueño

Ese día pensó que todo había acabado. La aventura había llegado a su fin: ya no podría admirar la inmensidad del mar, oír la melodía de los gorriones al despertar, pasear bajo los rayos del sol filtrados a través de la majestuosidad de las secuoyas, ni, sobre todo, asombrarse cada día de la grandiosa peculiaridad de las personas.

Le habían comunicado que no había esperanza, su caso era terminal. La ciencia lo había intentado pero no lo había conseguido. En un primer instante se sintió decepcionado, estafado por no sabía quién. Pensaba que estas cosas ya tenían cura, ¿a qué se había dedicado durante las décadas anteriores la gente que trabaja en estos temas? Él sabía hacer su trabajo a diferencia de ellos…Le habían fallado.

Con la mirada puesta en la nada, se acercaba a una puerta que comunicaba la zona de consultas con el hall del hospital. Una juguetona risa le llamó la atención; al volverse vio a un niño corriendo detrás de su hermano, algo mayor que él. No pudo evitar fijarse en una diferencia que había entre los dos niños: el pequeño llevaba una gorra sobre la cabeza para disimular la ausencia de cabello.

En ese instante sintió que nunca había estado más equivocado. La ciencia no le había abandonado a él, sino que él había abandonado a ese niño. Durante su larga vida nunca había dedicado ni un solo segundo a pensar en cómo podría él ayudar a la cura de esas enfermedades. No había hecho nada por que ese niño pudiera curarse. Le había fallado.

De camino a la salida del hospital sintió vergüenza por su reacción de enfado y menosprecio hacia las personas que habían intentado salvarle la vida. Entre esos pensamientos decidió que era hora de hacer algo por los demás. Él ya no tenía ninguna oportunidad pero podría dársela a otros en el futuro. Decidió que todo lo que poseía lo dejaría en herencia a alguna fundación dedicada a la investigación médica.

De pronto se dio cuenta de que aquello no era real, al abrir los ojos vio que estaba tumbado en una cama. Sentía que estaba en un lugar extraño, aquella no era la cama donde solía dormir. Tardó unos instantes en recordar que estaba en el hospital. Iba a ser tratado de un cáncer de pulmón, para lo cual le habían dormido. Le dijeron que tardaría unas horas en despertar y que podría irse a casa al día siguiente. Tenía suerte de que hubieran pasado ya muchos años desde que este tipo de enfermedades habían sido superadas por la ciencia.

Cuando estaba pensando en levantarse de la cama se acordó del sueño que había tenido. En él tenía la misma enfermedad pero su vida había llegado a su fin. Nunca había sentido tanta gratitud hacia los médicos y científicos.

No olvidó lo que había decidido en su sueño y dedicó el resto de su vida a ayudar a la investigación médica.

Muchos años después, en sus últimos instantes de vida, lo único que sentía era que había sido un viaje inolvidable, inimaginable. Solo algo así puede hacer que la tristeza que se siente al llegar su final sea inapreciable frente a la alegría de haberlo vivido. Por suerte, él no se había quedado a medio camino y había ayudado a que otras personas tampoco lo hicieran.
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