Un día normal

Como un día normal entró en el bar, se sentó en el taburete de siempre, en la esquina de siempre y miró al barman con la mirada de siempre. Sin decir nada, su viejo amigo de detrás de la barra le sirvió, como siempre, una jarra de cerveza negra y, como siempre, dejó al viejo físico entrar en ese letargo en el que entraba cada día. Una vez encerrado en su cabeza, donde nadie podía molestarle, el físico visualizó esa ecuación que tantos dolores de cabeza le daba desde hacía tiempo. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces había tenido que volver a empezar con los cálculos al ver que había fallado en una cosa u otra. Cuando no podía más, el físico abandonaba su despacho y se iba al único lugar en el que hallaba la tranquilidad, se iba a ese taburete de esa esquina del único bar de la ciudad que vendía su cerveza favorita, esa cerveza negra que tomaba a diario durante aquellos años en los que trabajó en el extranjero. No sabía cómo se llamaba el hombre que siempre le servía, tampoco necesitaba saberlo, él solo quería su cerveza y unos minutos de aislamiento para pensar. Pensó en la ecuación. Pensó en el posible valor de cada variable, en las integrales que debía aplicar, en los logaritmos que debía tomar. Pensó en cómo simplificarla, buscó otras ecuaciones que poderle sumar, otros caminos. Pensó en la física, el manual de instrucciones del universo, su vieja amiga, su vida. Pensó en Newton y en su fuerza de la gravedad, y vio grandes planetas describiendo enormes órbitas elípticas alrededor de abrasadoras y gigantescas bolas de fuego y radiación, siguiendo una simple relación matemática, de forma perfecta, sin fallos. Pensó en Coulomb, y en dos cargas de masa infinitamente pequeña atrayéndose siguiendo una sencilla ley tan simple como la primera. Pensó en Faraday y en Lenz, en Henry, en Einstein. Pensó en su profesora de física del colegio. Pensó en Bohr, y vio un átomo de hidrógeno con un único electrón describiendo una órbita estacionaria. Heisenberg decía que es imposible saber la posición y la velocidad de una partícula a la vez en el mundo cuántico, pero se equivocaba, aquel físico era capaz de verlo todo. Vio el principio. Un punto en medio de la nada que lo contenía todo. Una explosión, y un segundo después, un universo. Vio cómo se creaban los quarks y los antiquarks, como estos chocaban convirtiéndose en energía y como sobrevivía un quark de cada tantos y como estos afortunados se juntaban para crear protones, neutrones y electrones, y cómo estos formaban átomos. Vio la formación de estrellas, y vio cómo alrededor de estas se iban formando sistemas planetarios. Vio agujeros negros, supernovas, asteroides, planetas gaseosos. Fue hasta el extremo más alejado del universo y volvió, lo vio desde fuera, y vio cómo todo se movía al son de la pieza musical más bella jamás creada. Vio a Dios. Él nunca había sido muy cristiano, pero, como buen científico, no desechaba ninguna hipótesis. Vio el Sistema Solar. Vio un planeta azul, y vio vida. Años de evolución pasaron ante sus ojos, años de historia. Vio al Australophitecus, al Homo Habilis, al Homo Erectus y al Homo Neanderthalensis. Vio a los griegos, a los romanos y a los árabes, creadores del álgebra. Vio una revolución, un genocidio y una canción de amor. Y vio a un hombre en un taburete en una esquina de un bar. Al final, todo se limitaba a eso, a un hombre y su cerveza negra. Así de simple. Y entonces lo vio. El universo es perezoso, siempre toma la opción más simple, el camino con menor gasto de energía. Igual se había complicado demasiado. Igual la ecuación era mucho más simple de lo que imaginaba y había sido él quien la había complicado. El físico despertó de su sueño, apuró su cerveza y, como siempre, se levantó, pagó su consumición y miró a su viejo amigo.
-Gracias -dijo el barman.
-No, gracias a ti -contestó el físico. Y como siempre, salió del bar y volvió a su despacho, tenía que resolver una ecuación, y tenía una idea.