Los estados de Pedrojosé

Me contaron la historia de un niño de trece años que vivía en un pueblo alejado de todas las ciudades, era un pueblo libre de toda contaminación, en medio de bosques de montaña y un par de riachuelos.
Este niño se llamaba Pedro José. Todos los días se levantaba a las seis de la mañana, cogía algo de comida de la despensa para desayunar por el camino y salía de su casa hacia la escuela. Como el pueblo no era muy grande, no había colegio y, tenía que ir hasta el pueblo más cercano caminando; las clases empezaban a las nueve y media y había más de un par de horas de camino. Sabía que el camino del estanque por el que él iba daba un pequeño rodeo, pero era mucho más bonito que el camino por el que iban los carros. Siempre realizaba el mismo recorrido, daba igual que el sol abrasase o que lloviese a cántaros. Pasaba por la iglesia, por un pequeño bosque de robles y por un estanque lleno de peces. La mayor parte de ellos eran carpas que nadaban veloces continuamente, él les daba de comer lo que le había sobrado del desayuno y se quedaba mirando como lo devoraban. Después de estas paradas por el recorrido llegaba a la escuela. Allí estaba hasta las dos y media estudiando y trabajando muy duro para aprender; a esa hora sonaba el timbre y volvía a casa por el mismo camino: por el estanque, por el bosque, y por último, por la iglesia. Llevaba haciendo este camino desde que empezó el colegio.
Este nuevo curso siguió haciendo lo mismo en septiembre, el primer mes de colegio, en octubre, en noviembre y también en diciembre hasta que llegaron las vacaciones de Navidad. Echaba de menos su paseo rutinario aun dando paseos por su pueblo. Pero para él no eran lo mismo. Cuando a principios de enero se reanudaron las clases, volvió a su paseo tan deseado durante las vacaciones. Pedro José se levantó a las seis de la mañana para ir a la escuela dando su paseo como venía haciendo siempre. Cuando se estaba vistiendo su madre le obligó a ponerse más ropa de lo habitual porque decía que por la noche había helado y que podía coger un catarro además de que se le iban a helar las manos y que le iba a doler la nariz. Pedro José obedeció y se puso el uniforme del colegio, unos guantes, un gorro y una bufanda por lo que le había dicho su madre. Caminando por la iglesia y por el bosque no notó nada distinto a lo que veía en otras épocas del año, aparte de que algunas hojas de los árboles estaban más blancas de lo normal. La cosa cambió cuando llegó al estanque, como otro día normal, vio a las carpas nadando y cuando fue a darles las sobras de su desayuno se sorprendió al ver que los trozos de pan no se mojaban ni se hundían. También le pareció gracioso ver a los peces intentando coger los trozos de pan y lo único que conseguían era chocarse contra algo invisible que nunca había visto en el pueblo. ¡Era hielo! Pedro se quedó muy sorprendido y cuando llegó a la escuela ese día le comentó a su profesora lo que había visto. Ella le dijo que la capa superficial del estanque se había solidificado y que ahora era hielo. El resto de alumnos de su clase también lo había visto en los ríos y riachuelos de sus pueblos y por tanto, para aclarárselo a todos, la clase de ciencias naturales de ese día la dedicaron a los cambios de estado. Pedro José sigue yendo por el mismo camino a la escuela y a partir de ese año sabe que por lo menos uno de los 365 días del año el estanque se queda helado.
Cuando terminó de estudiar en la escuela quiso saber más sobre el tema de los cambios de estado. Ahora trabaja en el estudio del cambio de forma de distintos materiales especialmente del agua, del hielo y el vapor de agua. Da charlas por todo el mundo en los institutos y colegios contando su trabajo.