La tiranía de la gravedad

Dentro de poco saldremos y estoy nerviosa. Me dirijo a la sala de espera, donde, todas mis compañeras me están esperando. Hay caras de temor, alegría, tristeza, algunas hasta de indiferencia. La mía es un poco una mezcla de todo, pero el sentimiento que predomina es la curiosidad.
Curiosidad por saber de qué color van a ser sus ojos o el tacto de su piel. Lo que hay mucho más allá, nadie lo sabe. Yo solo espero que sea todo como me lo he imaginado, todo perfecto. Me despido de la gente querida y me preparo para la aventura que se avecina.
Empezamos a andar con paso decisivo un largo rato. Lo primero que vemos es un cartel en el que pone: glándula lagrimal. Es una gran sala con varias puertas. Algunas de nuestras compañeras se separan y van hacia otro lado.
Las próximas cuatro horas andamos todo el rato, solo parando para comer un poco y descansar. El paisaje siempre es el mismo: túneles rojos y un poco viscosos cuando, por fin, vemos una puerta gigantesca. Ha llegado la hora, me digo a mí misma. En la puerta hay dos guardias que nos dicen que hagamos tres filas, según nuestro subgrupo. Yo me dirijo a la fila del medio porque pertenezco al sentimental, a mi derecha se encuentran las basales y a mi izquierda las reflejas.
Cuando ya nos hemos colocado todas bien, abren la puerta, dejando así ver su interior. Entrecierro los ojos un poco hasta acostumbrarme a la visión.
¡Luz! Hay luz por todas partes, llega hasta todos los rincones. Es maravillosa.
Y al fin nos ponemos en marcha para la última etapa de nuestra aventura, la más especial. Cada paso que doy dentro de la córnea roza un poco más mi sueño y el de todas las lágrimas: salir al exterior del ojo y saber qué hay después de la barbilla.
Entonces veo la gran ventana y mi respiración se agita pero yo me concentro para que vuelva a estar normal. No hay nada que temer, me digo, pero en verdad sé que eso es mentira. Cuando soy la próxima en salir alguien de la cola me dice:
–Suerte –Gracias- le digo contestándole a la nada.
Cojo aire y me tiro.
Al principio todo pasa muy deprisa y extraño, ya que no veo nada, entonces me doy cuenta de que estoy con los ojos cerrados. Estúpida, menciono.
Primero abro un ojo y luego otro, despacio, para congelar el momento. Cuando los abro del todo, sólo logro distinguir dos colores; en la parte de abajo, el azul oscuro y un poco más arriba, un azul celeste. En el horizonte se separan, es como si quisiesen estar juntos pero en verdad no pueden.
¿Dónde estoy? No veo personas, ni ciudades, ni oigo voces. Espera. ¿Qué es ese sonido? Es un suave susurro constante… entonces me doy cuenta de dónde estoy. ¡El mar! No lo puedo creer.
Acto seguido empiezo a mirar a un lado y al otro para poder percatarme de todos los detalles. Después de unos segundos de exploración llego a la conclusión de que estoy en medio de un acantilado a bastante altura. Enfrente tengo el mar y el cielo y a la derecha el sol se funde con el agua. Esto no era lo que esperaba, pero sin duda es mucho mejor… Un momento, ¿Cómo se me ha podido olvidar? ¡Ella!
Inmediatamente miro hacia arriba para poder ver sus ojos… y ¡uau! Es el verde más intenso que he visto en mi vida, sus ojos expresan tantas cosas, pero la principal es dolor y preocupación, toda su cara lo expresa. Su piel es aceitunada y su contacto es frío. Empiezo a preocuparme por ella y me asusto porque la primera norma de una lágrima es no retenerse y eso es exactamente lo que estoy haciendo, ir hacia arriba para no caer nunca. Aún no quiero saber lo que hay después de la barbilla, quiero saber lo que le pasa y poder consolarla.
Antes de que sea demasiado tarde me apresuro para atrapar el paisaje con mi mente para que nunca olvide este momento.
Ya queda menos. Puedo sentir cómo me llama la muerte desde abajo.
Empiezo a despedirme mentalmente de la persona diciéndole que todo saldrá bien, cuando, llego a la barbilla y empiezo a caer.

–¡Gracias!-le grito.

Cierro los ojos y espero… Pero, sigo respirando. Vuelvo a abrir los ojos.

Agua, agua azul por todas partes.