El cuaderno azul

Encontró en la literatura la única ciencia capaz de curarle las heridas del alma, del desconsuelo y de todos los días grises. Los días grises de encierro, de abandono, sin nada a lo que aferrarse y nada que ofrecer. Las palabras se convirtieron, sin darse cuenta, en un antídoto contra el dolor que latía dentro de sí, y que se extendía, sin que nadie pudiese verlo y sin remedio, por cada una de las células de aquel cuerpo marchito que la sostenía. Raquel, lamento decirle que sufre esclerosis lateral amiotrófica, le habían dicho, con la voz de las desgracias anclada en la garganta, mirándola como si hubiese dejado de ser ella para siempre. Esclerosis, había dicho, como si tan solo fuesen letras al azar para producir un sonido. Esclerosis. Y después silencio. Esclerosis. Letras al azar para congelarle la sangre y dejarla sin aliento. Por favor, diga algo. ¿Qué quiere que le diga? Había pensado. ¿Qué querrá que le diga? Gracias por diagnosticar mi muerte, pensó, por poner fecha de caducidad a mis recuerdos. Pero no lo dijo, porque no entendía nada ni quería entenderlo. Aquel mismo día se compró un cuaderno de tapa azul, como el invierno que sentía.

Raquel nunca había sido una mujer de ciencias, ya se lo habían dicho en el colegio, cuando era apenas una cría y las niñas no aprendían a leer como lo hacen sus nietas ahora. Esta niña, le dijeron a su madre, para las matemáticas no vale, parece que no le entran, tiene la cabeza muy dura. Así que se dedicó a las letras y acabó su carrera de filología para dar clases en un colegio en el que nunca tuvo que repetir aquella frase a ningún niño. No era mujer de ciencias, aunque hubiese leído a Machado de joven, y a Aleixandre y muchos otros. Aunque la generación del 27 fuera la tierra que habitaba, aunque sus nombres sonaran como un eco lejano entre los pliegues de su memoria. No era una mujer de ciencias porque se lo habían dicho de cría, y ahora no entendía qué le pasaba en el cuerpo y en el alma, y por qué a ella.

Esclerosis lateral amiotrófica, eso le habían dicho, como una sentencia de muerte. Porque no sabía qué tenía, solo la mirada del médico para confirmarlo y un zumbido incesante en los oídos. Ella solo se había caído, una mala caída en un mal momento, delante de sus hijas, para saltar las alarmas. Mamá, ¿estás bien? No pudo contestar, se atragantaba en su propio esfuerzo. Mamá, debería verte Mateo. Pero Mateo, su yerno, no la vio, porque fue al hospital la semana siguiente. Y otras muchas veces más, con el mismo miedo seco y frío que la primera. Solo para que le dijeran en aquel lenguaje que había aprendido a desconocer que iba a morirse. Por eso, cuando llegó a casa aquel día, con aquel cuaderno azul, lo primero que hizo fue buscar qué significaba. Enfermedad neurológica que afecta a las motoneuronas de forma progresiva e incapacitante, leyó. Leyó porque no supo qué pensar, y cuando hubo leído suficiente, se miró las manos y se preguntó por qué no era una mujer de ciencias.

Aquel día empezó a escribir. Escribió todos los días. Cuando volvió a ir al hospital y le dijeron que lo mejor era trasladarse a Madrid. Cuando se lo contó a sus hijas y la miraron con tristeza. Cuando Mateo le dijo que era cierto, que en Madrid había unidades especializadas para tratar su enfermedad y que, teniendo el piso de su hermana abandonado en el centro, era lo mejor para ella. Escribió cuando su hija Almudena le pidió que se mudara con ella, y no al centro. Escribió cuando su nieta le dijo que también Stephen Hawking tenía esclerosis lateral amiotrófica. Escribió cuando llegó a casa y soltó una carcajada de pura ironía, y no dejó de reírse en toda la tarde, porque el científico del siglo tenía la misma enfermedad que la mujer que no era de ciencias. Y siguió escribiendo. Escribió para no morirse, y para no morirse leyó artículos sobre aquella enfermedad una y otra vez, aprendiendo qué era y por qué le estaba sucediendo.

Entonces lo supo. Que se curaba el alma con las palabras que se desprendían de sus manos y se resbalaban serenas sobre aquel cuaderno azul, pero que para curarse ella, tendría empezar a ser una mujer de ciencias, para entenderse, para verse. Después de tantos años, tendría que callar aquella voz del pasado que le repetía que de todas formas la ciencia no era un mundo de mujeres. Y Raquel, que nunca había querido ser nada más de lo que era, abrió aquella puerta para renacer, aunque se muriese.