El científico que fracasó

A sus veinticinco años de vida, Jaime aún no había asimilado el significado de “ser puntual”. Apurado, subía a gran velocidad las escaleras de la facultad de Biología. No en vano, nada más llegar a la puerta del despacho del catedrático que iba a tutorizarle su Trabajo Final de Grado, tuvo que esperar unos minutos antes de llamar a la puerta para poder secarse las gotas de sudor que habían aparecido en su frente.
Habiendo estado toda la vida eclipsado por su padre, Jaime siempre había anhelado ser el próximo gran científico español, pero nada hacía presagiar que su sueño iba a hacerse realidad. Ya en el instituto, sus profesores siempre le recomendaron abandonar la vía científica y optar por las ciencias sociales, en la que cualidades como la capacidad de memorización parecían más importantes que la habilidad para razonar. Sin embargo, la frustración de Jaime se acentuaba todavía más en las reuniones familiares, donde coincidía con reputados biólogos como su padre, arquitectos, químicos, e, incluso, futuras ingenieras aeroespaciales como su hermana pequeña.
En su afán por llegar a ser un gran científico, Jaime, finalmente matriculado en el Grado en Biología, buscaba ser aquel que pasase a la fama por salvar el medioambiente y, para comenzar, tenía como objetivo conseguir un remedio para acabar con todos los herbicidas y plaguicidas utilizados en la agricultura. Como venía siendo una tónica habitual en su vida, el fracaso parecía ser el destino final de sus proyectos y, quizás, el medio que deseaba utilizar para llegar a ese fin tan ambicioso no era el más adecuado, pero Jaime parecía empeñado en demostrar que en su futuro únicamente se conjugaría el verbo triunfar.
- ¡Jaime! – exclamó con amabilidad el veterano catedrático en cuanto el alumno abrió la puerta de su despacho tras llamar suavemente con los nudillos –, ya hemos empezado la reunión porque tenemos un poco de prisa, pero cógete una silla y únete que esto te interesará seguro.
Jaime, avergonzado por llegar tarde una vez más, fue a coger una de las sillas vacías que se desperdigaban por el despacho. Éste, aunque no tenía ninguna división física, estaba claramente separado en dos áreas bien diferenciadas. Justo enfrente de la puerta, se encontraba la mesa en forma de ele donde el catedrático trabajaba. Un bonito MAC, una imponente impresora de una marca desconocida para Jaime y centenares de papeles, carpetas, bolis y calculadoras desperdigadas por la mesa mostraban que el orden no era una de las principales virtudes del amable y veterano catedrático. A la derecha de ésta, se encontraba una imponente mesa de reuniones rectangular con tamaño suficiente para que diez personas pudiesen exponer sus ideas sin sentirse incómodos por falta de espacio.
Tras haber interrumpido la reunión, la silla había chirriado al ser arrastrada y, en el esfuerzo por levantarla para evitar el molesto sonido, su mochila se le había caído al suelo, Jaime se sentó a la izquierda de su tutor, en una esquina, sacó un cuaderno y empezó a intentar tomar notas.
Por desgracia, los temas tratados, aunque teóricamente iban a estar relacionados con su futuro trabajo, no le resultaban sencillos de comprender y, rápidamente, su atención pareció centrarse en unas curiosas plantas que se encontraban cerca del extremo de la mesa donde él se situaba. Intentaba comprobar si era capaz de adivinar de qué especie se trataba, cuando un molesto insecto, parecido a un mosquito, se posó en su cuaderno. Jaime, lógicamente, lo aplastó en silencio para no interrumpir de nuevo la reunión, tiró el cadáver al suelo, y siguió centrado en las plantas. Dos minutos después, de nuevo otro mosquito se situó en su cuaderno, sufriendo la misma suerte que el primero.
- Antes de seguir – detuvo la reunión el catedrático – me gustaría que Jaime se fijase en estas plantas de tomate. Como podrás comprobar, están llenas de pulgones – añadió acercándole una de las plantas que, efectivamente, estaba plagada de pulgones–. Estábamos experimentando un nuevo método de control biológico, con unos dípteros, parecidos a los mosquitos, pero han ido muriendo y ya únicamente nos quedan tres ejemplares. ¡Sería una catástrofe no encontrarlos! ¡Arruinaría todo nuestro trabajo!
El sudor volvió a invadir la frente de Jaime. Por su culpa ya no quedaban tres ejemplares del agente de control biológico, ¡sino uno! Acababa de dilapidar las pocas probabilidades de supervivencia de la especie, ya que uno solo jamás podría tener descendencia. Mientras simulaba ayudar a encontrar los dípteros, que ya estaban muertos, y que lógicamente no iban a aparecer, con el pie alejaba lo máximo posible los cadáveres, intentando que no lo relacionasen con sus muertes.
Jaime, avergonzado por haber exterminado una especie, decidió desistir y aparcar sus sueños de gloria científica y acabó matriculándose en la facultad de ADE para empezar de cero.
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