“Por sus descubrimientos de los factores de crecimiento” (1986, Estocolmo)

Es de noche en Florencia, una noche de otoño de 1944. Rita está cansada, en el espíritu y en el cuerpo. Se sienta precariamente a la esquina de una mesa desde donde ve la inmensa sala, demasiado pequeña para toda esa gente, todo ese dolor que huele a enfermedad y guerra. En un momento de respiro Rita escribe, una carta que quizá nunca envíe. Sabe que Paola, su hermana, la comprende mejor que nadie.

Queridísima Pa,
Tú sabes cuánto he querido esto, después de tanta indecisión y tanto trabajo, cuánto me ha costado convertirme en médico. Tú sabes cómo hemos decepcionado los planes que nuestro padre, con todo su cariño, tenía para nosotras. Su amor cuando de niñas nos enseñaba a ser “libres pensadoras” no se cruzaba con esto, con la persecución, la guerra y mi dedicación a la ciencia.
Soy médico y tengo todo lo necesario para demostrarlo.
Aunque aquí, ahora, muy pocos se curarían de eso, de los papeles en regla, de las normas de las universidades, de la raza, de esos roles victorianos de esposa y madre que me resultan tan antinaturales. Sabes cuánto adoro a nuestra madre, pero hace mucho tiempo que decidí no ser como ella, no casarme, no obedecer, no ocupar un segundo plano por cuanto el primero se lo lleve un hombre de indiscutible intelecto y moral como nuestro padre. Si el mundo prefiere verlo así, en realidad sí estoy casada, solo que no con un hombre. Estoy casada con la ciencia, con la medicina, conmigo misma.
Quiero entender el mundo, no creo que nunca me curaré de esa curiosidad. Nada me va a hacer más feliz que ayudar a los demás, no obstante mis limitadas capacidades. Y lo voy a hacer.
Sin embargo, como ya sospechaba, me voy dando cuenta que mi sitio no es la sala de un hospital, no es estar al lado de los que comúnmente se llaman pacientes o enfermos en su día a día. En estas jornadas sin fin comparto todo con ellos. A las personas que llegan al campo y a mis cuidados muchas veces no les queda mucho más que su vida, pendiente de un hilo. El tifus se ceba con ellos sin esfuerzo y sin distinciones. Los veo caer a decenas frente a mis ojos, incluso cuando consigo cerrarlos. Hago todo lo que puedo, pese a que no hay mucho que pueda hacer. Espero seguir teniendo la suerte de no caer yo también. Pero su dolor me entra en el cuerpo. Y más en la mente, tanto que no puedo dejar de pensar ¿qué hay en el cerebro de la especie humana que la empuja a alejarse tanto de la razón? Si únicamente fuera mi cuerpo quizá lo aguantaría, pero mi mente, el acto mismo de pensar que nunca se apaga, me impide cesar de buscar el origen de tan bajos instintos, que llevan al odio, a la persecución, a la guerra…
¿Recuerdas de cuando tuve que dejar mi trabajo en la universidad en Turín? ¿Y luego escapar de Bélgica al acercarse de la invasión? La memoria del laboratorio que monté en mi habitación al volver a nuestra casa me hace brotar una sonrisa en los labios. Aquel carísimo microscopio y aquellas agujas que habían pasado de zurcir calcetines a operar embriones de pollo, mientras buscaba como se diferencian los centros nerviosos en ellos. Me acuerdo de aquellos paseos, el rocío en el verde de las colinas, mientras iba a la búsqueda de esos huevos imprescindibles para mis experimentos y nuestra alimentación. Sigo sintiendo un profundo orgullo por mi profesor, mi maestro, convertido en mi asistente en esas investigaciones, por cuanto su tamaño a cada movimiento ponía en riesgo la integridad de mis precarias instalaciones científicas.
Sí, voy a dedicarme a los demás, voy a ser científica. Ahora sé que lo había decidido hace tiempo. Ése va a ser el viaje en el que embarcaré con tenacidad, aunque no sepa cuánto va a durar, sin miedo a las dificultades. Las miserias de la exclusión y la persecución sin lógica que nos han acechado me han afectado hasta cierto punto, pero el futuro no me da miedo. Pienso constantemente en ello y solo tengo curiosidad. La única cosa que voy a necesitar son mis capacidades mentales, y sé que las mías son las mismas que las de cualquier otro, hombre o mujer. Lo que haya hecho y que haga con ellas es lo que va a quedar de mí. ¿De qué voy a tener miedo?
Paola, todavía no tengo todas las respuestas, así que seguiré buscándolas a esas, y a más preguntas. Esta epidemia de tifus y de locura pasará, y yo estaré lista para que no se me pase el tiempo sin aprovecharlo hasta el final.


Con todo mi afecto,

Rita
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