El jardín de Carlos III

El tiempo no pasaba para Sofía en la sala de espera del hospital La Paz. La operación a la que su abuelo estaba siendo sometido no era complicada, pero los nervios le impedían quedarse sentada por lo que decidió salir a dar un paseo. Salió del hospital y sin prisa bajó la calle, asombrándose una vez más de la altura de los rascacielos de la Castellana. No había recorrido un gran trecho cuando algo llamó su atención. La primavera acababa de explotar y, por encima de un muro, asomaban unas rosas que recién florecidas. Nunca se había fijado en aquel recinto a pesar de haber pasado por delante en varias ocasiones. Una puerta servía de sostén a un cartel que prohibía el paso. La curiosidad de Sofía junto al atractivo de lo prohibido la impulsaron a intentar entrar. Se subió a un banco, colocado en la ubicación perfecta, y desde ahí saltór el muro.
La caída no fue nada agradable pues aterrizó sobre un rosal. Sin embargo, no tuvo tiempo de pensar en el dolor. Alzó la vista y encontró un pequeño paraíso, un verde oasis en un desierto de asfalto. El abandono había resultado en el más perfecto jardín de toda la ciudad, alejado del orden artificial tan propio de los paseos y parques. Pinos, olmos, sauces y fresnos se agolpaban y luchaban por alzar sus ramas en busca de luz. Bajo ellos crecían arbustos y flores. Las raíces resquebrajaban el asfalto y los adoquines y, no sin dificultad, se llegaban a intuir las desgastadas líneas de un antiguo aparcamiento. A pesar de que las ramas dificultaban el avance, Sofía se internó en la vegetación como siglos atrás hiciera Humboldt en la Amazonía venezolana. A cada paso diferentes especies de aves levantaban el vuelo asustadas y sorprendidas. No estaban acostumbradas a que alguien pusiera sus pies sobre aquel refugio.
Al alzar la vista para seguir el vuelo de un carbonero se topó para su sorpresa con un edificio de media altura. Era un edificio de tres pisos y revestido de ladrillos. Una pequeña escalinata precedía a una puerta acristalada y, sobre ella, unas letras daban nombre a aquel edificio. Letras metálicas que con mucho esfuerzo se agarraban a la pared, no siempre con éxito. Una bandera rojigualda hecha jirones presidía el edificio. Sofía decidió investigar la historia de aquel edificio, averiguar qué se hacía allí, quién lo ocupó…
Las ventanas del primer piso eran bajas y pudo entrar sin dificultad. Dentro encontró un despacho. Una oficina de lo más normal. Un amplio escritorio ocupaba el centro de la habitación. Detrás de él varias estanterías vacías recubrían por completo la pared. No había nada más. Ni libros, ni papeles, ni ordenadores… Solo polvo, depositado sobre la madera durante años, quizá décadas, en una nevada eterna. Frente al escritorio una puerta daba acceso a un largo pasillo.
Atardecía y los últimos rayos de sol se filtraban por las ventanas invitando a recorrer aquel pasillo repleto de puertas. Entre ellas se alternaban armarios metálicos y, de vez en cuando, algún póster sujetado con chinchetas. Eran pósteres repletos de gráficos y tablas y escritos en inglés por lo que Sofía no pudo sacar muchas conclusiones sobre ellos. Poco a poco la oscuridad se imponía a la luz en aquel pasillo convertido en campo de batalla. Una luz azul intermitente escapaba por una puerta entreabierta. Sofía sintió miedo por primera vez aquella tarde.
Cruzó el umbral. Su corazón se aceleró y un escalofrío recorrió su cuerpo. Había descubierto el secreto de aquel edificio. Tenía todo un laboratorio de investigación ante sí. Varias filas de poyatas invitaban a pensar que aquel laboratorio albergó a un número no pequeño de trabajadores. Sobre ellas descansaban todo tipo de instrumentos. Probetas, pipetas, vasos de precipitado, matraces… En un rincón una centrífuga se lamentaba pues no había muestras que centrifugar. Un baño termostatizado la acompañaba, ya no tenía agua que calentar. Las probetas y las básculas habían perdido sus marcas y sus números pues ya no había volúmenes que medir ni solutos que pesar. Sofía quedó maravillada. Jugó con todos aquellos cacharros, muchos de ellos hasta ahora desconocidos para ella. Imaginó todo lo que se podría hacer allí. El tiempo se detuvo para ella.
Aunque lo desconocía, antes de que ella naciera, treinta o cuarenta años antes, en aquel laboratorio y en aquel edificio se había hecho la mejor investigación biomédica del país. Aquel centro en otro tiempo fue referencia para Europa, uno de los buques insignia de la ciencia española. Ella aún no lo sabía: un centro de investigación había muerto, pero había nacido una vocación.
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