Un visitante indeseado

Rachel estaba paseando por su bosque favorito y echando fotos a los pocos insectos que encontraba por el camino, cuando de pronto oyó un ruido muy cerca de la oreja que le puso los pelos de punta. Un mosquito había venido a fastidiarle su momento de tranquilidad. Vio cómo se le posaba en el brazo y no dudó ni un momento, le dio un manotazo que lo dejó tieso. Pensó que el asunto ya se había solucionado, pero volvió a oír a otro, esta vez no podía verlo por mucho que sabía que lo tenía cerca. Se pasó las manos por la cara por si lo notaba allí, pero nada, no aparecía y ese ruido infernal seguía oyéndose. Al final, le pudo el miedo que sentía hacia ellos desde que era pequeña y, llegó un punto en que los niveles de adrenalina y cortisol en su cuerpo fueron lo suficientemente altos como para despertarla. Abrió los ojos y, con el corazón acelerado y sudando, se intentó relajar, pero entonces volvió a oírlo y supo que el causante de su pesadilla estaba en su habitación. En el mundo real no se le escaparía, hasta que no acabase con él no sería capaz de volver a dormirse.

En la adultez era capaz de enfrentarse a ellos, pero la presencia de esos chupasangres la seguía inquietando lo suficiente como para no poder ignorarlos. No solo por el miedo que sentía hacia ellos, sino que también por lo que sabía sobre estos insectos. En este caso, descubrir más sobre ellos en los cuatro años de grado de biología que había estudiado no la ayudaba para nada a tranquilizarse. Sabía que, aunque en su país no era frecuente que los mosquitos transmitieran enfermedades, muy de vez en cuando sí que ocurría, transmitiendo enfermedades como el dengue, la malaria o el zika. Así que, si aún no le había picado, quería evitar que lo hiciese.

Rachel encendió la luz del dormitorio y vio al mosquito alejándose hasta posarse en la pared de enfrente de la cama. Entonces, cogió uno de los cojines que tenía y se lo lanzó, pero el insecto fue rápido y salió huyendo antes de que el cojín lo pudiera alcanzar. Así que, Rachel cambió la estrategia y se quedó quieta en la cama. Sabía que si el animal tenía hambre iría a picarla y se le intentaría posar en alguna parte del cuerpo. Sería en ese momento cuando ella aprovecharía para acabar con él del todo. Y pasados dos o tres minutos así fue.

Por fin podía volver a dormirse, pero no sin recordar que parte de la culpa de que ese insecto estuviera allí era suya. Durante el invierno había dejado olvidado en la terraza uno de los cubos con los que regaba las plantas y se había llenado de agua con la lluvia. Había generado el ambiente perfecto para que las hembras de mosquito, las que pican, pusiesen allí sus huevos alimentados por sangre ajena.

Así que, a la mañana siguiente fue a comprobar el cubo y, efectivamente, en el agua había un montón de larvas de mosquito nadando y algún adulto a punto de echar el vuelo. Aunque siempre había sentido simpatía por las larvas de mosquito -le recordaban a los renacuajos- sabía que si las dejaba crecer acabarían siendo igual de inaguantables que el visitante de la noche anterior. Por ello, se armó de valor por si alguno de los adultos recién salidos de la metamorfosis iba a por ella, y volcó el agua sobre las plantas de la jardinera, aprovechando el agua y las larvas que servirían de alimento para otros organismos menos problemáticos. Ahora sí que se había acabado todo, pensó. Aunque tendría que llevar más cuidado la próxima vez. No quería tener que volver a matar más larvas, o peor, ver como los inconscientes de sus padres echaban insecticida por toda la casa y contaminaban más el ambiente, matando no solo a los mosquitos. Suficiente silencioso estaba ya el bosque.
  • Visites: 164