SUELTOS POR EL PARQUE

La melodía del riachuelo evocador, acompasado con las ondas de trazas multicolor, me acuna en el ergonómico banco del parque, adormilada por la ligera brisa. Una paz profunda y los dos puntitos luminosos moviéndose suavemente por el borde del visor derecho me relajan in extremis. Mi estado armonioso se altera con un súbito pelotazo en el hombro que hace temblar la imagen. Enervada miro hacia el origen del impacto y veo lo que parece un machito monoparental apresurarse a recoger el arcaico e infantil balón, balbuceando una disculpa con su sonrisita no carente de atractivo. Pasan unos segundos en los que con toda mi atención le observo alejarse... De súbito doy un respingo cuando el pitido de alarma avisa por proximidad de final del área de juego. ¡Releches! Les he sacado a que correteen por el césped y ya deberían conocer por la ligera vibración del collar cuáles son sus límites. Queda claro que no son aún autónomos en su hora de juegos y alboroto diario.

Esta situación me obliga a liberar vista y oído del modo yoguifusión envolvente. Además, tendré que otear con toda mi atención, ya que la previsión inmediata del tiempo les libera del minichubasquero reflectante. Al borde de una taquicardia temprana parpadeo tres veces en menos de un segundo para que se transparenten mis pinkievirtuglasses (fantástica regalo promocional por el paquete de nanotampones). Me subo al híbridopatín y al grito de 'Peques' veo la ruta más rápida a su última ubicación. Conozco demasiado bien el mapipark3D que se despliega impertinente ante mis narices, así que cambio a modo manual, inocente de mí, con la esperanza de no cruzarme con obstáculos imprevistos.

Por el visor izquierdo sólo veo moverse un punto en la zona verde. Acelero con un brusco movimiento de mi muñeca derecha. Grito 'Audio' y percibo un único ladrido que me inspira ansiedad absoluta. Giro y esquivo por milímetros un barquillerobot que chirría exaltado. A punto de salirme del vial y pisar el césped bloqueante, casi atropello a dos renting-chulapas que histéricas me arrojan sus abanicos chinescos. Consigo enderezar en ángulo extremo para pillar la línea recta indicada por el visor, y atravieso un grupo de palomas que despavoridas aletean. Veo como algunas chocan con un ecodrón, y oigo a mis espaldas el zumbido de su caída y la inevitable colisión, por fortuna alejado del tránsito, ya que no escucho vocerío humano. Ninguna sirena de los guardias del parque, ni más obstáculos se interponen ya sólo a un giro de la señal. Trato de respirar hondo para prepararme a la endiablada incertidumbre. ¡Maldita incertidumbre no programada!

Me acerca rauda a mis peluditos. Ricky retoza olisqueando una mariposa, y observo alarmada que Tobi, desembarazado del collar localizador, esta fuera del césped. ¡Ay! Una angustiosa sensación de asfixia no me deja chillar. Por fortuna, un droide-vigilante Honda-H1 le está entreteniendo para que no salte a la vía de circulación.

Recupero el equilibrio caminando hacia Tobi. El droide taladra mi conciencia con su característico mensaje de leds y audio: 'El pequeño esta sin localizador, ¿quiere usted más a su perro que a su hijo?'. Apartando las dichosas pinkievirtuglasses exclamo: '¡Dónde yo os vea!'. Agarro a mi pequeño por el brazo, le abrazo fuertemente y él, con su mano libre, me ofrece el precioso clavel que ha arrebatado de la zona exterior.
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