Volcado de memoria

Era la última de la fila para la revisión.
—Ana Cuarto Martínez —dijo, y se sentó en la silla al otro lado de la mesa de melamina gris de mi despacho.
Otra alumna más. Busqué su examen en la pila.
—Un cuatro y medio —murmuré.
El problema estaba mal y, de las dos cuestiones, una estaba bien y la otra, incompleta. Discutimos el problema, pero mantuve el cero y no pudo rascar ningún punto extra. Pasamos a la cuestión incompleta.
—¿Profesor, por qué me ha quitado medio punto?
—Pedía la definición y ejemplos, y tú solo has dado uno —expliqué.
—No tuve tiempo. Le pasó a más gente.
—El tiempo era suficiente —respondí.
—¡Pero si está bien!
—Está incompleta. Tenías que haber descrito otro ejemplo.
—¿Me va a suspender por eso?
—Tienes un cuatro y medio.
Enmudeció y vi aflorar sus lágrimas. Se levantó deprisa y alcancé a decir:
—Cierra al salir.
Me quedé solo. Volví a mis grafos.
Sonó mi móvil. Era Paula, una antigua compañera del instituto, que me anunciaba una cena de compañeros para el sábado de la semana próxima. «Es el veinticinco aniversario», dijo. No me apetecía asistir y comencé con excusas. «Vendrán casi todos, parece que incluso Ana Martínez», dejó caer. Ana era la estrella de la promoción; tenía un puesto alto en un ministerio, algo relacionado con universidades. No podía perder esa oportunidad, así que flexibilicé mi postura y le dije que intentaría cambiar unos compromisos previos. Quedamos en que me volvería a llamar al final del día.
Tras colgar oí unos golpecitos en la puerta. Era Germán, mi vecino de pasillo. Con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, entró en mi despacho. Aprovechando su presencia le pregunté:
—¿Con precisión, sabes qué puesto ocupa Ana Martínez?
—¿Ana Martínez? ¿La mujer de Cuarto, el antiguo rector?
—Me suena que está casada con alguien del gremio.
—Es la nueva directora de la Agencia Nacional de Investigación.
—¿No estaba en universidades?
—Sí, pero ascendió en la última reorganización. Ahora es quien controla la pasta. —Eso añadía atractivo a la cena del sábado. Y agregó—: Enrique, estoy nervioso.
No me gustan las intromisiones que empiezan así. A pesar de ello, le respondí con una sonrisa franca:
—¿Por qué?
—Mañana me hacen el volcado de memoria. No me gusta que me anden en el coco. ¿Cómo fue el tuyo?
—Me pusieron un casco con muchos electrodos, me durmieron y me desperté con dolor de cabeza. Y al día siguiente tenía una copia de mi cerebro en la nube —expliqué por compañerismo obligado; odio compartir mis experiencias personales.
—Me lo han recomendado por previsión, en caso de accidente no pierdes tu información personal. Pero no la pueden decodificar ni poner a otros, ¿no?
—Solo pueden restaurar tu memoria sobre tu persona.
—Cuando lo hiciste, ¿te dieron instrucciones para la operación?
Eso ya era demasiado. Decidí cortar.
—No lo recuerdo. Ahora si me perdonas, estoy esperando una llamada importante.
—Creo que solo usarán anestesia local. Hasta luego. —Salió y cerró la puerta.
Respiré aliviado. Por fin se había acabado esa conversación molesta e improductiva. Pocos sabían que yo, tras el volcado, me había sometido a una operación de restauración de memoria. ¡Menos mal que Germán no estaba enterado! Me hubiera asado a preguntas. De nuevo sobre mis grafos, reconocí que no estaba completamente seguro del tipo de anestesia que emplearon.
Esa tarde, cuando llegué a casa, me seguía preguntando por la anestesia. Fui al escritorio de roble, abrí el segundo cajón y saqué una carpeta con el membrete “CCM: Clínica cerebral y de memoria”. Encontré un volante azul con datos de la operación de restauración de memoria: diez horas con anestesia general. La fecha era de dos años atrás. Tenía grapado el informe del psiquiatra que dictaminaba: «Filtrar las creencias potenciando los aspectos lógicos y racionales; legalizado a petición del paciente». Recuerdo que al psiquiatra le planteé mis dificultades con los demás. Desde pequeño. Ahora me acuerdo de sus palabras en la última visita: «Total, no pierde nada. Si después se encuentra a disgusto, restauramos de nuevo sin filtrar y ya está.» Otro papel azul registraba la operación de volcado: hecha dos días antes en seis horas, con anestesia local.
Ya estaba todo claro, y pasé a prepararme la cena. Justo antes de sentarme a la mesa, sonó mi móvil, era Paula. Le dije que iría, que había conseguido mover mis compromisos. Ella tenía buenas noticias: Ana Martínez le había confirmado su asistencia, vendría con su marido y su hija.
—Es muy cercana, parece mentira que ocupe un alto cargo —dijo Paula. Y añadió—: Está harta de personas interesadas y le apetece mucho confraternizar con antiguos compañeros.
—Naturalmente —respondí de buen humor, y colgué.
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