Toda una vida

Estaba tan cerca...Podía sentirlo en la punta de los dedos: el descubrimiento que llevaba tanto tiempo buscando. Para ella era mucho más que la pieza perdida del rompecabezas o la llave que abriría la puerta a ese lugar donde aguardaban las esquivas respuestas. Era algo más profundo que todo eso.

Todos guardamos algo en el corazón. Para algunos son aspiraciones, o deseos. Llegar más lejos. Sentimientos hacia una madre, hacia una pareja o hacia un hermano que está estudiando fuera. ¿Qué guardaba ella? Sacrificio, dedicación, ilusión. Había dedicado su vida a la ciencia, al estudio, y había renunciado a tantas cosas por ello. Mientras sus amigos quedaban y salían ella se había estado preparando para los estudios que la aguardaban, exámenes, el máster, la tesis. Su relación con su novio se vio drásticamente interrumpida cuando, persiguiendo su sueño, se marchó a Nueva York a estudiar con el equipo de Carol Greider y María Blasco... y como la nieve cuando llega la primavera el amor se deshizo poco a poco. “Él no era el apropiado para ti, mi niña.” le dijo su madre un día por teléfono; pero su madre no podía verla mientras lloraba acurrucada junto al sofá con la espalda contra la pared y las rodillas dobladas contra el pecho. Un día, tal vez, encontraría a alguien que entendiese los sacrificios que había tenido que hacer para perseguir sus sueños, y como Schrodinger y su mujer, no importaría que él no entendiera cuál era su trabajo; ella le explicaría cómo los telómeros se acortan durante la duplicación del ADN, y él la escucharía con una luz en los ojos y un revoloteo en el estómago.

La búsqueda de algo es creer en su posibilidad.

Ella amplió su definición de lo que era posible mucho antes de viajar a Nueva York; fue cuando aun estudiaba, a raíz del descubrimiento de una enzima que volvía inmortales las células tumorales: la telomerasa. Una de las hipótesis más extendidas es que el vínculo común entre el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y las neurodegenerativas es la edad, y más concretamente el envejecimiento, por lo que, al tratarlo con telomerasa, dichas enfermedades también podrían ser tratadas.

Por detrás de las gafas, sus ojos marrones sumidos en bruma encantada miraron por el microscopio como había hecho infinidad de veces. Sería sencillo darse por vencido después de tantos fracasos. Pero cada fracaso escondía una enseñanza, un paso nuevo, otra oportunidad...y todo ello la conducía siempre al mismo destino.

¿Por qué había elegido este camino? Porque amaba la ciencia y amaba la investigación. Alargar la esperanza de vida, mejorar su calidad, curar en cáncer...la investigación era realmente la última frontera de la Humanidad: comprender la vida. En un mundo tan cínico y dividido como el que vivimos la ciencia nos trae la esperanza de la objetividad. Es la fuerza que nos obliga a abandonar las trincheras ideológicas para unirnos con un mismo propósito. Es la verdad pura y sin engaños, la belleza de las cosas sin mácula, es...creer.

En ese momento en el que fijas tu vista en la muestra, en ese momento todos nuestros éxitos y fracasos se vuelven meros ecos de una historia resumida. Todo el trabajo duro se desvanece como un recuerdo lejano, como las huellas que dejamos al caminar descalzos por la orilla del mar, y esperamos, confiamos, en que las penas vividas hayan merecido la pena. Es el momento del descubrimiento, cuando el silencio del laboratorio te pertenece y miramos hacia el futuro con optimismo.

Miramos hacia las estrellas.

Y así, esta chica de aspecto tierno y mirada férrea se enfrenta con valentía a sus miedos buscando ese hallazgo que le haga llegar donde nadie antes había llegado, y pasa las horas realizando pruebas, estudiando la telomerasa y sus aplicaciones clínicas, realizando incontables investigaciones que traten de explicar el acortamiento de los telómeros y el modo de evitarlo.
No lo hace por la fama o el dinero. Tampoco por tener su nombre en los libros de Historia, ni porque le concedan un Premio Nobel como a Carol Greider o Elisabeth Blackburn. Lo hace porque debe hacerlo, porque así lo siente. Porque es su vocación. Lo hace por ese vínculo de libertad que nos une, el deseo de depositar las esperanzas de la Humanidad en un sentimiento más grande que nosotros mismos, en esa idea que sobrevivirá, y asegurarse de que esta tierra sea la herencia que dejamos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, con la esperanza de que nuestros mejores días están aún por llegar.



Mª del Carmen Salamanca Rueda
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