Relato fractal

Fue a la farmacia a comprar preservativos. Ya no le quedaban en casa y, aunque no sabía con quién los iba a usar, le apetecía tener reservas, por si las moscas. Le dio un poco de vergüenza cuando vio entrar a su vecina, pero ya no había nada que hacer. Iba a por lo que iba, e inventarse el nombre de un jarabe para disimular habría resultado patético. “Con vergüenza no se almuerza”, había oído que le decía una madre a su hija adolescente en una tienda de lencería, cuando él era un niño. Aquel momento, a pesar de lo aparentemente insignificante que fue, se le había quedado grabado, y no estaba dispuesto a quedarse sin almorzar porque la sociedad mantuviera ciertos tabús con el sexo.
—¿Qué tal? —saludó a la vecina.
—¡Ey, hola vecino! —replicó ella con gesto alegre. Le llamaba siempre vecino aunque sabía su nombre perfectamente. Tan solo se conocían de alguna que otra conversación por la escalera, pero esto había resultado suficiente para generar una pequeña confianza mutua.
Había dos personas en el mostrador atendiendo a dos clientes, que acabaron prácticamente al mismo tiempo. Les tocaba.
—Una caja de 12 preservativos normales —dijo sin titubear.
Aún así, notaba que se estaba poniendo colorado. Por mucho que racionalizara la situación no cambiaba su sensación de timidez.
Mientras tanto la vecina ya estaba guardando una copa menstrual que acababa de comprar. Salieron de la farmacia juntos.
—¿Vas para casa? —preguntó ella.
—Sí. He salido a dar una vuelta y nada… he aprovechado para ir a comprar como has visto y ya voy para casa.
—Yo vengo de la universidad. Y esta tarde quiero ir a una obra de teatro que hacen unos amigos…
—No pierdes el tiempo.
—No tengo tiempo, no sé cómo lo voy a hacer… es que tengo que hacer unos trabajos también.
—Vaya… Bueno, pero te las arreglarás, ¿no? Es la vida del estudiante.
—Sí, supongo… Tú follando y yo menstruando…—dijo, mientras señalaba la bolsa con los preservativos.
Él la miró con cara de incredulidad. No sabía qué decir. A juzgar por su reacción (o ausencia de ella), no esperaba que su vecina llegara a ese nivel de complicidad con él y le había pillado desprevenido. Finalmente rio.
—Hostia, ya me gustaría que tuvieras razón… Lo más probable es que se queden guardados en el cajón de la mesita de noche. Hasta que haya que sacarlos de allí. Porque estén caducados.
Respondió a su fino sarcasmo mirándolo con cara de “ya, ahora vas de puro y casto por la vida”.
—Si eso fuera verdad no los habrías comprado en primer lugar.
Touché. En realidad no sabía si sería verdad. Tenía la esperanza de que no lo fuera.
—Bueno, nunca se sabe. Hay que estar equipado por lo que pueda pasar.
—Hombre prevenido vale por dos.
Sonrió ante su cumplido. Cuando él llegó a su puerta, se despidió:
—Bueno vecina, ¡que vaya bien!—lo de llamarse “vecinos” a veces se le contagiaba a él también.
—¡Igualmente!
En ocasiones, una mirada, una sonrisa, un saludo, una conversación, un beso en la mejilla, un abrazo, te dejan con ganas de más. “Es solo curiosidad”, se dijo. Pero al día siguiente se puso a escribir:
“Mi vecina me miró seductoramente:
—¿Qué haces?
—Estoy escribiendo un relato sobre cómo mi vecina me mira seductoramente.
—¿Qué dices? Anda…
—En serio, mira. Es para un concurso.
Le enseñé el relato, o lo que había escrito de él, que básicamente es lo que estás mirando tú en estos momentos.
—Así que te parece que te miro seductoramente…—dijo con cierto retintín.
—Sí.
—Tienes tú mucha imaginación…
Y tú tienes algo que no sé qué es…”
La idea del relato fractal le gustaba, pero había que desarrollarla más. Un fractal no es más que una figura geométrica cuya estructura se repite infinitas veces en diferentes escalas de tamaño, se contiene a sí misma. Como un triángulo en el que, sobre cada lado, dibujas un triángulo pequeñito. Sobre los lados de estos nuevos triángulos, vuelves a dibujar otros triángulos menores, y así sucesivamente. En la naturaleza también hay fractales: basta mirar con detalle la hoja de un helecho para darse cuenta, aunque, por supuesto, la repetición es limitada, cosa que hace que la forma no se contenga exactamente a sí misma. En su relato la fractalidad era evidente en las primeras líneas, pero no bastaría con eso para contar una historia. Tendría que dejarla reposar y darle más vueltas otro día.
—Bueno, saldré a dar un paseo —dijo para sí—. De paso, puedo aprovechar para acercarme a la farmacia un momento…
Fue a la farmacia a comprar paracetamol. Ya no le quedaba en casa y, aunque ya no le dolía la cabeza, le apetecía tener reservas, por si las moscas.
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