Somos hombres de ciencia

Doblo la esquina y entro en uno de los pocos establecimientos que abren hoy. Cojo un café de la nevera, a estas alturas con tanta naturalidad como si fuera mi café y fuera mi nevera. Lo pongo encima del mostrador. “Uno con tleinta y sinco”, musita Chen. Le extiendo una moneda de dos euros y cojo el café. Clinnng. Ella me ofrece las vueltas pero las rechazo. “Feliz día del trabajador”. Sonrío. No me ha entendido.
Atravieso las puertas del parque. Mi parque. Una pareja se abraza mientras posa a contraluz para un teléfono móvil. He visto sonrisas mejores. Y peores, también. Sareb (no sé cómo se escribe) hace negocios con un inocente que, en plena plaza, le ofrece un billete y se lo guarda automáticamente ante los apurados gestos de Sareb. Me ha puesto nervioso hasta a mí, que observo desde lejos y ya no tengo nada que ver con los trueques de Sareb.
Me siento en un banco. Siento al café a mi derecha y lo miro como preguntándole: “Y tú, ¿qué opinas de todo esto?”. No sé si mi padre y yo estuvimos en este banco alguna vez, pero por una cuestión de probabilidad seguramente sí. En un banco como este mi padre me enseñó las cosas que me encaminaron para ser un hombre de ciencia. O no. Pero me hace ilusión pensar que sí.
Mi padre no era hombre de ciencia. Mi padre era un abogado que se murió sin saber “para qué sirven los quebrados”, como me preguntó en cierta ocasión. Y se murió sin saberlo porque no pude responderle. Qué le iba a decir, yo, que uno de los exámenes de recuperación en los que me pillaron copiando era sobre fracciones algebraicas, quebrados. Pues para nada, papá, no sirven para nada. Al final, y aunque mi padre jamás llegase a saberlo, superé exitosamente el temario de fracciones algebraicas. Pero tuve que suspender unos cuantos exámenes más, y obligar a mis profesores a pensar cosas horribles sobre mí en su intento de enseñarme algo, antes de elegir la modalidad de ciencias puras en Bachillerato. No sé qué había pasado por el camino, pero mi interés por la ciencia, las matemáticas, y hasta por esa “máquina del diablo”(*) llamada álgebra ya estaba en marcha. No sin mis dudas y las de alguno más.
Muestra de ello es la anécdota en la que yo me quedo mirando las notas de corte de la Universidad Autónoma de Madrid del año 2014 y pienso en voz alta “podría meterme en matemáticas”. A lo que un compañero de clase tan sólo respondió: “Estás loco, Pablito”. Un poco sí.
Mi padre fue la primera persona que me enseñó a contar en enteros módulo 5 cuando repartíamos entre los dos, de cinco en cinco, los piñones que recogíamos del suelo. Mi padre no fue quien me enseñó a identificar cambios en la presión atmosférica en función de la forma de las nubes, pero sí fue quien despertó mi interés para aprenderlo cuando mencionaba el nombre científico de ciertas nubes que veíamos. Mi padre no fue quien me enseñó qué es la refracción de la luz, pero fue quien me motivó a investigar más tarde sobre ello cuando me hablaba, mil y una veces, del escurridizo “rayo verde” que puede verse en contadas puestas de Sol en el mar.
Algunos como mi padre nunca llegarán a saberlo ni reconocerlo, y otros sí, como yo, que me encuentro a mitad de un grado en matemáticas en la UAM. Pero todos, por nuestra mera condición de Seres Humanos, somos hombres de ciencia. Apuro tanto mi relato como mi último trago de café, y al hacerlo, como en tantas otras ocasiones, pienso: Va por ti, papá.



(*): El álgebra es la oferta hecha al Hombre por el diablo. El diablo dijo: “te daré ésta potente máquina, que resolverá cualquier cuestión. Todo lo que necesitas es darme tu alma. Deja la geometría, y te daré ésta maravillosa máquina” (Michael Atiyah).

  • Visites: 176