La Naturaleza Humana

La lluvia repiqueteaba en el exterior, de una manera que hubiera sido apacible si no fuera por los truenos que se escuchaban acercarse cada vez más, retumbando en las paredes viejas de la casa, añadiendo notas de inquietud a aquella sinfonía.
Julia estaba tumbada en su camastro, esperando a que Alfredo le trajera una infusión caliente que mitigara la sensación de humedad que calaba en sus huesos. Cuando escuchó el siseo metálico de las articulaciones de Alfredo, sabía que la infusión estaba lista y se acercaba humeando por el pasillo.
- Incorpórate un poco o te tirarás todo por encima. – le aconsejó la voz robótica de su compañero.
Julia se incorporó. Hasta aquel pequeño gesto era una auténtica odisea. Tenía 50 años y un estado de salud que generalmente afectaba a personas de 90 en la generación de sus abuelos. Pero ahora todo era distinto. Las condiciones de vida afectaban desgastando aceleradamente el funcionamiento de los cuerpos.
- ¿Te encuentras mejor?- preguntó Alfredo.
- Realmente no, pero gracias por la infusión.
Miró a los ojos de Alfredo, aquellos ojos carentes de expresividad, más bien pequeños objetivos que conectaban el mundo visual con su súper-procesador. Alfredo era un robot de penúltima generación. Su compleja inteligencia artificial había sobrecogido al mundo cuando salió al mercado hacía 20 años, ya en plena decadencia de las condiciones de habitabilidad terrestres. Pasaron 5 años hasta que salió el siguiente y último modelo, todavía más perfecto que el anterior, durante los últimos coletazos del sistema económico y social mundial. Un sistema que colapsó completamente poco después.
Todo se produjo a una velocidad a la que la civilización no se pudo adaptar. La inestabilidad ambiental vino de la mano de otras catástrofes como la pérdida de eficacia de los antibióticos o las nefastas consecuencias de los mares abnegados de plásticos. Multitud de especies murieron, muchos centros agrícolas se desertizaron, la producción se paralizó, las regiones a pie de costa se inundaron bajo un metro de agua tras la completa fusión de los casquetes polares, las grandes aglomeraciones urbanas avanzadas fueron azotadas por epidemias antes casi erradicadas, las ciudades industriales por niveles de contaminación tóxicos o lluvias ácidas…
Un par de generaciones atrás, el mundo vivía inmerso en un frenesí y a nadie parecía importarle encontrar un equilibrio entre el progreso y el medio ambiente. Cuando todo el mundo comenzó a preocuparse, era demasiado tarde y el planeta había sobrepasado su límite de resiliencia hacia la fragilidad.
- Se le culpaba a la tecnología, Alfredo, al avance científico… pero el problema éramos nosotros y nuestra relativa y dudosa moralidad- reflexionó Julia en voz alta, entre sorbo y sorbo de infusión- También se decía que vosotros podríais rebelaros y acabar con la humanidad, pero habéis resultado tener una lógica ética superior a la nuestra. El problema siempre fue la naturaleza humana.
Alfredo continuó mirándola. Ella sabía que estaba procesando sus palabras, pero nunca podría aventurar sus pensamientos observando sus sutiles gestos como lo hubiera hecho con otro humano. Sólo veía código y algoritmos pasar por sus ojos.
- Las emociones, Alfredo. Nuestra mayor virtud, nuestro mayor defecto. Las pasiones del ser humano. Si hubiéramos sido un poco más como vosotros habríamos invertido en cuestiones de necesidad y progresado de manera responsable. Al carecer de sentimiento territorial, las guerras no habrían existido, los bienes habrían sido distribuidos equitativamente, mucho sufrimiento humano se habría evitado. Los fanatismos no habrían guiado nuestra vida, y habríamos hecho política y elegido representantes racionalmente. Estaríamos explorando nuevos planetas habitables para trasladarnos cuando la vida en la Tierra se hiciera imposible debido al curso natural de las cosas. - Julia hizo una pausa para sujetarse el costado con expresión de dolor. Era como si le aguijonearan los pulmones cuando se emocionaba y respiraba aceleradamente- Nuestros malditos neurotransmisores, que tan importantes fueron en los albores de la humanidad, cuando reaccionar rápido frente a una amenaza o anteponer la vida de nuestros hijos a la nuestra propia suponían una mayor supervivencia de la especie, fueron totalmente ineficientes cuando la civilización avanzó. Resultó que aunque ya no vivíamos en un mundo hostil, nos comportábamos como tal. Ojalá hubiéramos aprendido a no tomar decisiones pasionalmente. Recuerdo - continuó con su perorata- que mis abuelos me contaban cómo en la época de las redes sociales tantísima gente compartía frases del estilo de “Piensa menos. Siente más.” ¡Cuán equivocados estaban!
- No obstante –intervino Alfredo- debo reconocer que siento una gran curiosidad por vuestros sentimientos. Nunca experimentaré esas sensaciones.
- Y sin embargo, me sobrevivirás a mí y a todos nosotros. Quizá deba ser así. Cuidaréis mejor de vosotros mismos y de los seres que queden, quizá hasta devolváis algo de estabilidad a la Tierra.
- Quizá...
Y Alfredo miró a Julia, como siempre, con su inexpresiva mirada vacía.
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