El idioma vacío

En el país de Anumeria, todos los niños aprendían desde pequeños un idioma extranjero. Era un idioma que parecía ser muy difícil y que les costaba mucho esfuerzo. Pero tenían que aprenderlo, les decían, porque les sería muy útil en la vida.

El idioma extranjero estaba formado por cientos de palabras, algunas muy complicadas de escribir y de pronunciar. Tanto, que el pequeño Bahir nunca conseguía distinguir una de otra.

Siempre le sorprendía que a su amiga Sofía no le costaba nada aprender el idioma. “¿Ves? es muy fácil. Esto significa agua… esto, tierra… esto, flor”. Oyendo a Sofía, uno podría creer que era sencillo. Porque cuando ella escuchaba una palabra en el idioma extranjero, en su mente parecía dibujarse la imagen del objeto que le correspondía.

Sin embargo, Bahir no entendía nada. Para él, aquellos sonidos estaban vacíos, sin sentido. Memorizaba las frases, pero en su mente no se dibujaba absolutamente nada.

A menudo se equivocaba, y ponía letras de más o de menos en sus ejercicios. “Qué más da” , pensaba. “Esto tiene tantas letras, que nadie se va a dar cuenta”. Pero la profesora le ponía un cero, porque -decía- lo que él había escrito no tenía sentido o significaba otra cosa totalmente distinta.

A veces, Bahir deseaba comprender el idioma. Quizá así se lo aprendería mejor. Pero…, si escribirlo ya era complicado, ¡aprenderse el significado tenía que ser aún peor! No, no. Ya tenía bastante con estudiarse lo que le mandaban y hacer los ejercicios del libro.

En realidad, el significado no parecía ser lo más importante. Si uno prestaba atención a las clases de idioma, estaba claro que lo fundamental era saberse las palabras y frases de memoria, y conseguir escribirlas y pronunciarlas correctamente, deprisa, y sin errores. Esto era lo que siempre se pedía en los exámenes, así que seguramente era lo que más importaba.

De vez en cuando algún niño en clase levantaba la mano y preguntaba: “¿Y esta frase para qué sirve? ¿Cuándo se usa?” Pero la profesora nunca tenía tiempo de responder. ¡Había tanto trabajo para poder cumplir el programa! “Ya lo entenderéis cuando seáis mayores y habléis bien el idioma”.

Pero lo cierto es que la gran mayoría de los niños nunca llegaba a hablarlo. Cuando terminaban la enseñanza obligatoria, lo olvidaban por completo, y solo alguna palabra les sonaba remotamente. “Ah… el idioma extranjero. Nunca se me dio bien”, decían, con media sonrisa. “Total… todo el mundo sabe que, en realidad, ese idioma no sirve para nada. La gente nunca lo utiliza”.

Bahir, como casi todos los niños, se peleó durante horas y horas con el idioma extranjero, cada semana, cada mes, cada año. A fuerza de repetir aquellas extrañas palabras, consiguió cierta soltura en escribirlas y pronunciarlas bien. Con ello aprobó sus exámenes y terminó la enseñanza obligatoria.

Cuando fue mayor de edad, quiso viajar para ver mundo, y estuvo trabajando en distintos países. Al cabo de unos años, sus pasos le llevaron al lejano país de Matematia. Allí, para su sorpresa, todos hablaban el idioma extranjero que él había estudiado en la escuela. Lo hablaban de manera cotidiana y natural, y a nadie le parecía tan difícil.

Pero ellos lo hacían de forma distinta… ¡claro! Ellos no repetían las palabras mecánicamente: las usaban cuando hacía falta, y sabían lo que querían decir y para qué servía cada una. También sabían cómo cambiar un poco las frases cuando querían expresar algo distinto. ¡Todo empezó a tener sentido! Le dijeron: “Esto significa que la cuesta sube… esto, que la cuesta baja… Aquello significa que no puedes hacer este recorrido sin pasar dos veces por el mismo sitio”. ¿Por qué no me lo enseñaron así desde el principio?, se lamentaba Bahir.

Empezó a gustarle el idioma de Matematia. Descubrió que muchos libros interesantes estaban escritos en ese idioma, y también que gracias a ese idioma la gente había aprendido a construir aquellos objetos que todos usaban: ordenadores, teléfonos, televisión, automóviles, y que sin ese idioma tampoco existirían cosas como los viajes espaciales o la cura de muchas enfermedades.

Bahir regresó a Anumeria, y se dedicó a intentar convencer a la gente de que el idioma de Matematia no solamente servía para algo, sino que además incluso era bonito y divertido. Habló con los profesores de los colegios, institutos y universidades, y entre todos pensaron otras maneras mejores de enseñarlo.

Hoy, Bahir trabaja para el Ministerio de Educación de su país. La ministra de Educación es Sofía, su compañera del colegio. Ambos han conseguido comunicar a todos la importancia de aprender, no solo el idioma matemático, sino lo que hay detrás de él. Ahora en todas las escuelas lo enseñan de otra forma, y los niños y jóvenes de Anumeria están muy contentos aprendiéndolo. Probablemente tendrán que cambiar de nombre al país.
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